Lo Que No Sabias De Las Convulsiones febril

Uno de los síntomas más comunes que vemos en el período de la infancia y la niñez es la fiebre. Esto puede ser causa de mucha angustia, ya que un niño puede convulsar por fiebre.

Las convulsiones febriles pueden ocurrir de 2-4% en los niños entre las edades de los 6 meses a los 5 años. Estas pueden ser causa de mucho temor para la persona encargada del menor. Usualmente las convulsiones febriles ocurren dentro de las primeras horas de una fiebre.

Durante el evento, el niño puede ponerse tenso y luego contraer su cuerpo repetidas veces. Esto puede estar acompañado de movimientos de los ojos hacia arriba y pérdida del tono del esfínter urinario y/o rectal.

El niño afectado puede tener variaciones en el patrón de su respiración, puede mostrar cambios en la coloración de su piel y puede no responder por un tiempo. Estos episodios pueden durar hasta un periodo de 15 minutos, pero mayormente no duran más de un minuto. Es raro que repitan en un periodo de 24 horas.

¿Qué debo hacer si mi hijo está pasando por una convulsión febril?

Lo primero es tratar de no perder la calma para poder ayudar y minimizar los daños a su hijo. Va a colocar al niño en una superficie plana, lejos de bordes o filos u objetos que puedan ocasionar daño al menor. Lo va a poner de lado, para que en el caso de que haya vomitado o tenga exceso de saliva, estas puedan salir de su boca.

No le va poner algún objeto en la boca. Contrario a lo que se piensa el niño no se tragará su lengua. Inmediatamente que esto ocurra usted llamará al pediatra de su hijo para que éste le indique cual debe ser el próximo paso a seguir.

Otra duda muy común es si su hijo pudiera experimentar otro episodio de convulsión febril. Si el episodio ocurre cuando el infante es menor de un año, hay un 50% de probabilidad de que vuelva a convulsar, mientras que si ocurre cuando tiene más de un año la probabilidad disminuye a un 30%.

Hay otros factores que se han podido asociar con la recurrencia de convulsiones febriles. Se ha visto que las convulsiones febriles pueden correr en familias, por lo que si un familiar cercano al niño tuvo una convulsión febril, la probabilidad aumenta.

Se han demostrado como factores de riesgo el hecho de que la convulsión ocurriese al inicio de la fiebre y que ésta fuese de bajo grado. Por esta última razón es muy importante cuantificar siempre la fiebre con un termómetro.

¿Le dará epilepsia a mi hijo?

La epilepsia es un desorden de convulsiones que son múltiples y recurrentes y usualmente no asociadas a la fiebre. En el caso de un niño saludable sin problemas de neurodesarrollo, la probabilidad de desarrollar un desorden de epilepsia es muy raro, menor de un 5 por ciento.

Es importante recordar que las convulsiones febriles, aunque pueden ocasionar un alto nivel de ansiedad y temor, no son peligrosas. Estas no causan daño cerebral, problemas en el sistema nervioso, retraso mental o muerte.

Actualmente, no hay ningún medicamento recomendado por la Academia Americana de Pediatría para tratar las convulsiones o prevenir que recurran. En varios estudios no se ha podido demostrar que los anticonvulsivantes prevengan la recurrencia de las convulsiones febriles o que eviten un desorden de epilepsia de manera que los beneficios se sobrepongan a los efectos secundarios que estos medicamentos pueden ocasionar.

Lo correcto y lo más recomendado es llevar al niño a su pediatra para que lo examine y, dependiendo de los signos y síntomas hallados, decida qué tipo de tratamiento va a necesitar el menor. El acetaminofén, mejor conocido como Tylenol o Panadol, pueden ayudar a bajar la fiebre, pero no previenen la convulsión.

No debemos olvidar que la meningitis o la encefalitis se pueden presentar con fiebre y convulsiones y su diagnóstico es un examen del líquido espinal mediante una punción lumbar. Este procedimiento es uno invasivo y no está indicado practicárselo a todo niño que convulse por fiebre.

Quien finalmente va a decidir los pasos a seguir para descartar infecciones más severas ha de ser el pediatra. Los estudios de imágenes, como la tomografía computarizada (CT) de cabeza o la resonancia magnética (MRI) del cerebro, no están recomendados como estudios rutinarios por la Academia. Sólo el pediatra decidirá si son necesarios, basados en el historial clínico pasado y presente del niño.

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